miércoles, 16 de septiembre de 2015



El vaso ideal


Ni deliberadamente, la mancha podría haber estado mejor situada. Rodeaba estratégicamente el pecho de manera que el pezón parecía la cima de una sugerente y apetitosa montaña. Mientras yacías tumbada en el suelo, mis carcajadas acompañaban a todas las demás, aunque  era simplemente por no desentonar, porque no podía dejar de contemplar esa inolvidable imagen  que me acompañaría durante mucho tiempo. Pero supe aguantar con suma estoicidad hasta que, por fin, pude tener la oportunidad de derramar dos botellas por todo tu maravilloso cuerpo. Ni el vino más caro del mundo me habría sabido mejor.


El arte de la guerra

Entretenidos  en hacer un nudo con nuestras lenguas,  no percibimos los avisos en forma de pequeñas gotas de agua hasta que se convirtieron en un auténtico bombardeo. A la carrera, nos tuvimos que refugiar en el primer portal que encontramos abierto. Camuflados en las sombras, ordené a mis dedos que partieran en avanzadilla para explorar el territorio. Empapados a causa de la excesiva humedad del terreno, los soldados, exhaustos, me indicaron que la mejor forma de seguir avanzando era utilizando artillería pesada. Envié a mi mejor acorazado para que fuera abriendo camino. Cuando alcanzó las coordenadas correctas, conquistamos el lugar celebrándolo entre salvas de alegría y espasmos de placer.


Por favor, que nadie se lo tome como una crítica a Madrid, ciudad hermosa a la que adoro. Es que hoy me apetece ensalzar las virtudes de mi tierra: Colón, majestuoso en su pedestal, me invita a subir para gozar de unas vistas memorables, pero declino amablemente la invitación indicando que vengo de un sitio desde donde, escoltado por una imponente torre vigía, se puede ver incluso el nacimiento de un continente. Saludo con educación a la diosa Cibeles y le comento a Neptuno que yo sí sé donde está su verdadero reino. Paseo por la puerta del Sol orgulloso de pertenecer a la tierra donde el astro nunca se retira a descansar. Le susurro al oso que deje ya el madroño porque conozco un lugar donde comerá el mejor pescado que jamás haya probado. De Madrid al Cielo hay un corto trayecto, claro que sí, pero algunos tenemos la inmensa fortuna de vivir en el paraíso.

miércoles, 8 de julio de 2015



Había una vez un despertador al que odiaba con todas mis fuerzas. Cada vez que sonaba  interrumpiendo mi placentero sueño con su escandaloso sonido, mi primer pensamiento era el de estrellarlo contra la pared. Lo aborrecía porque su actuación era el preludio de otro monótono día. Las mismas caras, el mismo recorrido, la misma tarea. Hace tres días, no me pude contener más y, agarrando al maldito aparato, me levanté de un salto dirigiéndome a la ventana para arrojarlo sin piedad y destrozarlo contra el asfalto. En ese momento la vi, una nueva vecina había llegado al barrio y su espectacular melena rubia era la antesala de una hermosa cara que me cambió totalmente la percepción de la vida. Desde entonces, bajo corriendo a ver si me la encuentro por alguna parte para que llene de color mi día. Por eso estoy deseando que mi amigo el despertador me anuncie la llegada del amanecer con su preciosa melodía.
Miedo

Por segunda vez en lo que va de noche, llora. Tras el reencuentro, después de cuatro años sin vernos, atribuí su llanto a una mezcla de alegría y sorpresa porque se hubiera dado la inesperada coincidencia de vernos en un bar de copas escondido en el paseo marítimo de aquel pueblo castigado por la tristeza y oscuridad del duro invierno.
Iniciamos una rápida conversación con infinidad de interrupciones por parte de ambos, donde descubrimos como cientos de palabras se agolpaban deseosas de salir despedidas como una forma de recuperar el tiempo desde que rompimos la relación. Luego nos enfrascaríamos en aquella absurda guerra donde nuestra única forma de atacarnos era mediante largos e implacables bombardeos de silencio.
Cuando nos pusimos al día respecto a la actualidad de nuestras vidas, pude comprobar que no es feliz. Mientras yo camuflaba mi monótona existencia con algún que otro falso flirteo, aquel torrente de agua salada corrió por su mejilla de forma fugaz.

Ahora tengo miedo de que callen las bocas y hablen los ojos porque sé que me uniré sin remisión a sus lágrimas.
El mejor remedio


En un hospital de Cáceres, tres personas (un inglés, un francés y un alemán), de paso por la zona, se quejaban de sus respectivas dolencias a un médico de la región. El doctor, abrumado ante tanta demanda, les rogó su confianza pidiéndoles que se vendaran los ojos porque los iba a llevar a un lugar mágico. Al llegar, aún sin ver nada, le puso a cada uno en la mano algo que sería su mejor medicina. El inglés, profundamente estresado, comió lo que tenía y al momento se calmó y se sintió relajado y feliz. El francés, aquejado del corazón, hizo lo mismo y enseguida sus latidos recobraron una placentera normalidad. El alemán, con una molesta artritis, notó al tragar aquello que los dolores salían de sus huesos. Los tres coincidieron en el exquisito sabor que tenía lo que habían comido. El médico les quitó la venda de los ojos y dijo que miraran a su alrededor explicándoles qué era lo que les había dado. Admirados por tan sublime paisaje, desde entonces pregonaron las excelencias de la picota del Jerte allá por donde fueron.
El concierto


Harto de dar vueltas, no resisto la tentación y enciendo la luz. Las dos de la mañana, solo me quedan cuatro horas para que suene el despertador. Ojos verdes.  La orquesta de mi cerebro ya interpreta la música y la canción vuelve a sonar por enésima vez en mi cabeza. Cansado por no poder dormir y hastiado del incansable soniquete del estribillo, me levanto y me dirijo al salón para ver si con el ruido de la televisión se apaga de una vez la dichosa melodía. Verdes como la albahaca. Desde la hora de comer, se introdujo en mi mente y me acompaña como un fiel perrillo a su querido dueño. Tras una reparadora ducha y un reconfortante desayuno salgo a la calle dispuesto a borrar de mi disco duro el desesperante día anterior, pero cuando el aire de la mañana me acaricia, mis esperanzas se desvanecen por completo. Verdes como el trigo verde…